¿De qué trata la pintura?
Miguel Fernández-Cid
Director del MARCO
La de Bosco Caride no es una pintura que salte hacia el espectador, no busca la sorpresa, el efecto rápido ni el contacto inmediato. Tampoco es fría; tiene un punto cálido, manual, contenido. Y no pasa desapercibida, quizá porque señala claramente modos posibles de acercarse, modos de entrar. Ese detalle, que al montar una exposición se prepara señalando momentos de distinta intensidad en el recorrido, requiere previamente orden y medida, esa clave oculta siempre en la pintura. Ahí Bosco Caride sorprende por su precisión, haciendo bueno el dicho de que no hay azar sin orden o, llevándolo el terreno de la pintura, regla que no matice el caos: regla mental, intención, pensamiento; caos aparente del gesto, de la mano, de lo físico, del empeño en alcanzar un objetivo.
Bosco Caride siempre está dándole vueltas a lo mismo: lo que se ve y lo que es, lo que aparece ante el espectador y lo que sugiere. Lo hace desde la certeza de que la pintura ante todo es, goza de una autonomía que el pintor entiende plena, y que la representación se completa con la mirada de quien la observa. Y eso le lleva a valorar de un modo preciso la idea de que su pintura necesita ser observada, pasear en su torno y habitar en su interior, bucear incluso buscando algún sentido, alguna interpretación, algún misterio, o por el simple goce de dialogar, de ver, de sentir, de respirar. Contacto, tiempo, mirada.
En su obra existen cercanías anímicas. La célebre estética del buen sillón de Henri Matisse, aunque al disfrute Bosco Caride añade la pregunta contemporánea; el misterio intenso y pausado, al tiempo reposo e inquietud extrema de Mark Rothko; el disfrute y la emoción, la pintura hecha naturaleza (¿o es al revés?) de William Turner; la manera sutil como Caspar David Friedrich nos invita a enfrentarnos al mundo; el pensamiento previo de Brice Marden; el juego con la representación, la imagen y la delgadez de la pintura, con ejemplos tan amplios como Robert Ryman, Gerhard Richter o Luc Tuymans… Sobre ellas, sin embargo, la sensación de estar ante un pintor de taller, lento e insistente, seguro del objetivo y del camino, nervioso y divertido cuando cree cercano el resultado. Un pintor que todavía habita el taller-cueva desde el que imagina y despliega su obra en la dimensión que requiere cada cita.
Un pintor urbano, que ahora pinta desde la pintura, conociendo lo hecho, pero con un ojo que analiza y destila, aun sabiendo que la imagen final aparecerá en el proceso de trabajo. En 2006 reúne una serie de cuadros grandes (óleo y grafito sobre tela) y edita una serie de dieciséis postales titulada “Recuerdos de mi ciudad”, unidas por una banda blanca, anónima, sin texto, como en voz baja. Un conjunto que desvela sus ideales éticos y estéticos. Bloques en construcción, supermercados, carros, estanterías, coches… y alguna marca que delata el nombre de la ciudad. El planteamiento estético es claro: reducción casi minimalista del color, llevando la imagen a un blanco y negro de fotografía analógica, con vistas de múltiples objetos en forma de tramas o seriaciones cálidas, composiciones llenas centrando el foco de visión. Resulta fácil ver la herencia de Richter y la fotografía, pero no son caminos finales sino puntos de arranque para una búsqueda inmediata.
La evolución se percibe muy bien en los cuadros posteriores, en los que la herencia del dibujo pasa a tener vocación de mural. Bosco Caride añade siempre algún elemento nuevo: al interés de las fachadas como cortina de líneas geométricas, de texturas y registros, le superpone una trama vegetal que transforma una imagen sencilla en un diálogo abierto hacia el espectador, intuyendo una mirada política mantenida en el lenguaje de la pintura. Posteriormente, al acercarse al motivo, éste se difumina, casi desaparece, y la cercanía figurativa da paso al interés en dejarse llevar por el gesto, el ojo y lo que ocurre en el cuadro. No estamos ante un pintor que prolongue sus momentos dulces sino ante alguien que necesita sentir que empieza de nuevo.
Bosco Caride es un pintor fino, reposado, de los que da tiempo al acto de pintar porque lo que quiere reflejar es el tiempo, su tiempo, nuestro tiempo. El del arte y el del hoy: el del arte revisado desde el hoy, el hoy analizado desde las claves del arte. Existe un ir y venir, un juego entre ocultamiento y desvelamiento, como sus veladuras. Matiz sobre matiz, la imagen a punto muchas veces de tomar otro rumbo y perderse. O defender su espacio de aparente fragilidad.
En muchas ocasiones, esa emoción que identificamos con el goce estético, con la belleza, tiene su origen en el encuentro de fuerzas antagónicas, de direcciones opuestas, el ying y el yang, el goce y el temblor. ¿Qué hay detrás de la fina capa visual de la pintura?, ¿qué quiere transmitirnos el pintor? En el caso de Bosco Caride hay pocas dudas: nos pide tiempo, contemplación previa y acción, que demos el paso de completar la obra, de imaginar su sentido, su razón de ser. Y lo pide consciente de que en ese encuentro con la obra sale victorioso por los valores plásticos que posee, por la estabilidad que consigue entre la referencia clásica y el ánimo contemporáneo.
La suya es una pintura para contemplar, para pasear, para descubrir. Si la clave de conversar es escuchar y la de escribir leer, la de contar es observar y la pintura es un modo de hacerlo. Bosco Caride utiliza elementos que nos acercan la obra, ya sean clásicos (las referencias al paisajismo o el lado vaporoso de la pintura manierista) o contemporáneos (la manera de volver sobre una idea, de establecer un orden entre detalles y paisaje abierto, el sentido seriado del conjunto, los diálogos que establece entre los cuadros).
El gusto por el acto de pintar buscando y dejándose llevar al tiempo. Pintar sin dibujos previos. ¿De qué trata la pintura? Bosco Caride deja las preguntas al espectador, que las recibe inquieto: ¿son humo que asciende o condensación?, ¿paisajes vistos desde lo alto o nubes desde su interior?, ¿busca el pintor detener una imagen por lo que sugiere o ese proceso pertenece por entero al espectador, que cree ver, descubrir, hallar el secreto de estas pinturas? Y, en realidad, ¿tienen secreto oculto o simplemente son? El autor sonríe y lo titula “Indicios”. El cuadro cambia como cambia la nube. Por cierto, ¿nubes de qué?