Bosco Caride

Detrás las Nubes
Jaume Vidal Oliveras

La exposición de Bosco Caride gira al entorno de un solo y único motivo: estados atmosféricos o gaseosos (nubes, humo, vapores... ) que se presentan sin ninguna referencia espacial o contexto. Para el artista, este tema es una afirmación de la pintura y se relaciona con la gran tradición del paisaje. Turner, Constable, por citar a los pioneros, pero al igual que generaciones posteriores y los impresionistas se inspiraron en las nubes y descubrieron en ellas una dimensión plástica. Bosco Caride trabaja cuidadosamente estos “estados atmosféricos o gaseosos” en tanto que composición, veladuras, color... en definitiva como especulación formal o pictórica que es uno de los aspectos más sobresalientes de su obra.

Sin embargo, el título de la exposición “INDICIOS”, literalmente “señal de algo”, “índice”, introduce la idea de “algo” más que un mero formalismo o una expresión abstracta. Este algo no es visible y está oculto en el cuadro -o fuera de él, pero es la causa real del “humo” que no es otro que la explosión, el drama, el conflicto, la contaminación... En definitiva, existe una dimensión simbólica, acaso política, que da sentido y sobrevuela la obra de Bosco Caride.

Bajo el signo de la pintura

Tal vez, sea necesario hacer un rodeo y recordar que Bosco Caride se formó a finales de los años ochenta y a principios de los noventa del pasado siglo en la Facultad de Bellas Artes de Salamanca. Fue, entonces, antes de la crisis de 1993, un periodo muy singular: se creaba el sistema del arte español, se inauguró el Reina Sofía, se iniciaron las políticas de mecenazgo por parte de la administración, se programaban grandes exposiciones, el mercado explosionaba... Fueron los tiempos del entusiasmo. Puede que Bosco Caride fuera ajeno a todo este contexto de efervescencia cultural o lo observara a distancia, pero en él hay un aspecto fundacional inherente a aquellos tiempos: la pintura. Si en los setenta prevalecieron las poéticas conceptuales y la desmaterialización del objeto, en los ochenta se recupera y se afirma la pintura. La obra de Bosco Caride se situará bajo el signo de la pintura.

La trayectoria de Bosco Caride es muy diversa; encontrar un hilo conductor o una coherencia interna parece imposible. Cada etapa del artista parece un salto -fecundo- al vacío, sin relación con trabajos precedentes, incluso, aparentemente contradictorios entre ellos. Así, los soberbios óleos abstractos -hay quien los ha calificado de paisajes- de principios de los noventa contrastan, por ejemplo, con la serie “Recuerdos de mi ciudad” de 2006. Esta última posee una apariencia pop o de imagen publicitaria que técnica y conceptualmente difiere -incluso se opone- radicalmente aquella abstracción. Múltiples razones pueden explicar estos cambios de orientación. Sin embargo, hay una corriente subterránea -por decirlo de algún modo- que alumbra su trayectoria y este espíritu no es otro que la pintura en un sentido pleno más allá de cambios circunstanciales. La apuesta de Bosco Caride es la de repensar y explorar la pintura en los tiempos contemporáneos. Él dirá que su intención es la de pintar “paisajes contemporáneos”, “paisajes de mi tiempo”, pero no desligada de la tradición pictórica.

Falta por saber, no obstante, lo que se entiende por pintura. Después de Duchamp la naturaleza de la pintura necesariamente ha de ser diferente y hay, incluso, quien dice que es posible hacer pintura sin los soportes y procedimientos tradicionales. Toda esta problemática es muy densa y difícilmente podríamos dar una respuesta definitiva, pero con relación a la trayectoria de Bosco Caride, nos parece que existe una idea clave y es la de ampliar, extender, enriquecer, repensar la noción de pintura.

Un trabajo que nos parece especialmente didáctico de lo que vamos diciendo -al menos en términos metafóricos-, fue una instalación que Bosco Caride presentó en la galería Ad-Hoc, “Site-specific”, en 1999 y que posteriormente desarrollará en diferentes variaciones. Aquella consistía en un motivo plástico que, serigrafiado, se expandía y se superponía por todo el espacio de la galería, de manera que las paredes de la sala de exposiciones y la misma sala se transformaban en pintura.

Existen unas célebres fotografías del estudio de Mondrian que nos ayudaran a explicarnos. En una de ellas se observa, en primer plano, una pieza de pequeño formato sobre un caballete. La pared del fondo consiste en un gran mural también pintado con personal lenguaje abstracto de Mondrian de planos cortados por líneas ortogonales, pero de manera que la pieza del caballete del primer término, en virtud de una estudiada intencionalidad, coincide y complementa los planos del fondo. La idea es la de una pintura que se proyecta y se expande en una lógica sin fin por el mundo -el habitáculo primero, la ciudad después y así sucesivamente hasta el infinito- como en el caso de Bosco Caride en la galería Ad-Hoc. La idea es la de introducir una dimensión pictórica en el arte y en la vida cotidiana

En la presente exposición, Bosco Caride plantea un nuevo motivo: nubes, estados gaseosos, humo... ¿Cómo ha llegado a esta iconografía? Puede que él sea un artista nómada, aspecto que se vincularía también con la posmodernidad y los años ochenta, pero la problemática es la que siempre ha inspirado su obra. Él mismo explica que con esta obra reciente trata de “pensar la pintura en la contemporaneidad”, de situar “la gran pintura y la tradición de la pintura, esto es, procedimientos e inquietudes, en el contexto del arte contemporáneo.”

¿Una transgresión en el museo del arte contemporáneo?

Este motivo de la nube, el humo o los estados gaseosos posee una larga tradición cultural. Ya en la Biblia, el humo de la hoguera es un medio o lugar donde se producen las teofanías y se revela la verdad, el verbo, y, por extensión, la imagen en la tradición católica. La imagen sagrada que emergía de las nubes, como una aparición, fue especialmente recurrente y tuvo una especial fortuna a finales del Renacimiento y el Barroco. ¿Por qué no recordar las apoteosis de la Virgen en la pintura de Murillo, por ejemplo? Podemos imaginar a Bosco Caride que se concentra en los fondos y transparencias gaseosas del pintor andaluz y los recontextualiza -como en el caso de Duchamp que arrojó un orinal al sistema de Bellas Artes- en un espacio contemporáneo. Este es uno de sus mensajes secretos: llevar gran la tradición de la gran pintura al Museo del arte Contemporáneo como institución.

La tradición de la modernidad: la disolución de la forma y la fuerza de la imaginación

Y, sin embargo, Bosco Caride sintoniza también con una pintura de la modernidad. Robert Rosenblum en su célebre libro sobre el romanticismo, sitúa una tradición de artistas del norte de Europa y Estados Unidos que refundan la pintura: ellos inician un proceso de disolución de la forma que culmina con las atmósferas de Rothko. Esta tradición, que se acabará por identificar con la modernidad, representa un salto cualitativo y se desarrollará, según Rosenblum, al margen del centro cultural de París, de Delacroix y, sobre todo, del contexto cultural del catolicismo que se afirman en el arte figurativo.

El relato de Rosenblum posee sus límites, pero tiene el mérito de intuir los orígenes una tradición contemporánea que significaba otra manera -especialmente innovadora- de entender el arte: por una parte, la disolución de la forma y, por otra, un modo de relacionarse con los objetos estéticos que pone el acento en la imaginación, el yo, la subjetividad, en la contemplación interior...

La noche, así como las nieblas y los paisajes vaporosos y, por extensión, las nubes y lo informe, para los románticos (y para los herederos de los románticos que somos nosotros), no son una ausencia, sino producción de sentido: son un estímulo para la imaginación. La pintura, entonces, pasa a ser un espacio sin límites, con fluidos invisibles o corrientes magnéticas, que contiene todos los significados, todas las historias, todas las palabras reveladas con la fuerza de la imaginación.

Una arqueología de las nubes en Bosco Caride

La primera vez que tenemos constancia que Bosco Caride trató el motivo de la nube fue en una serie de extrañas piezas realizadas al entono de 2001. Son obras muy especiales: el fondo consiste en una serigrafía y en primer término, un metraquilato pintado en el reverso, al que además, ha pegado algún espejito y figura imposible (esto es una ilusión óptica que representa una figura tridimensional que no puede existir, pero que la mente ve como factible en una primera aproximación) de pequeñas proporciones. Más aún, la pieza posee un contundente marco dorado de madera que forma parte de la obra como unidad.

La obra reciente que Bosco Caride presenta en la actual exposición no se puede asociarse a estos trabajos, pero intuimos que en ellos plantea determinados problemas que tendrán continuidad y que irá resolviendo y madurando con el paso del tiempo.

Hay algunos aspectos que interesa destacar. En primer lugar, la pintura hecha de capas que se superponen sucesivamente: la serigrafía, el pigmento y el espejito y la figurita imposible y finalmente el metraquilato. Implica una idea simbólica del grosor y la profundidad de la pintura: es el cuadro que contiene mundos subterráneos, como un mar sin fondo, en este caso, la misma expresión del infinito. Es también la idea de la pintura como una cebolla de pieles superpuestas que, aunque entrevistas u ocultas son portadoras de un mensaje que el espectador puede captar, aunque no sean visibles. En segundo lugar, la vinculación de la nube con el espejito y a la figura imposible, introducen una dimensión simbólica que amplía el significado del motivo nube con múltiples connotaciones. La nube adquiere con esta asociación una proporción diabólica... Todos estos aspectos -nos parece- están implícitos en la obra reciente de Bosco Caride.

Tan solo encontramos lo que buscamos desesperadamente

Hay una batalla secreta en Bosco Caride. Él buscaba una calidad pictórica etérea, volátil, sin peso... que logró después de un largo proceso de experimentación y reflexión. El descubrimiento y uso del aerógrafo posibilitó este efecto de imagen sutil y vaporosa que tanto necesitaba para sus exigencias expresivas y que se aviene al motivo de la nube.

Él nos ha explicado que pintar con el aerógrafo es muy diferente al pintar con el pincel. Aquel --comenta Bosco Caride- permite realizar veladuras directas, mezclar tonos y complementarios en el mismo momento y añadirle matices... Aspectos que forman parte de “la cocina del artista” y que de buen seguro son muy importantes, pero lo que a nosotros nos interesa subrayar es que el aerógrafo es un pintar con manchas, un conjunto de manchas con las que, poco a poco, sin un plan determinado, pero tampoco como simple improvisación, va surgiendo la nube en movimiento...

Dualidades

Desde siempre, la obra de Bosco Caride se expresa como una fecunda síntesis de dualidades o contrarios. La historia y la crítica de arte se ha escrito como una serie de binomios, a priori, incompatibles y enfrentados: representación/abstracción fotografía/pintura, Belleza/siniestro... Curiosamente o -no tan curiosamente- porque es resultado de un largo proceso de maduración y reflexión, Bosco Caride reconcilia opuestos en una rara integración y de ahí también la singularidad de su obra.

Representación versus abstracción

¿Las nubes son formas abstractas? Los impresionistas preocupados por el cómo funciona la retina y problemas de visión se dirigieron a motivos como los reflejos del agua o estados gaseosos porque no estaban codificados y, fugaces, planteaban problemas de representación. Las dudas o problemas siguen vigentes, aunque en otro contexto: las formas informes, heteras, móviles de Bosco Caride - en principio nubes, humo o estados gaseosos- sin ninguna referencia espacial, contexto u horizonte, ¿son representaciones de fenómenos naturales? ¿O, por el contrario, son formas abstractas? ¿Son formas de la imaginación? No sabríamos contestar, porque la audacia de Bosco Caride es el juego entre lo uno y lo otro...

Fotografía/pintura

Las series más difundidas de Bosco Caride, “Paisajes construidos” o “Recuerdos de mi ciudad” realizadas en la primera década de 2000, consistían en óleos y acuarelas con grafitos de paisajes -y elementos- urbanos inspirados en fotografías. Eran paisajes residuales y deshumanizados como los del cineasta Antonioni contaminados por el desasosiego. En su momento se calificaron de manera precipitada de pop o hiperrealistas. Pocos advirtieron que Bosco Caride -y de ahí el gran interés de las series- transformaba, de una manera creativa, la fotografía en pintura. En el caso que nos ocupa, la exposición de “INDICIOS”, el procedimiento es el contrario: casi se diría que transforma la pintura en fotografía en virtud de la maestría con que utiliza el aerógrafo. Efectivamente, el aerógrafo y el uso puntual de papel fotográfico y aluminio como soportes introducen una ambigüedad intencionada entre imagen fotográfica y pictórica. No se sabe, en una primera aproximación, si es una fotografía o una pintura. Pero desde siempre en la obra de Bosco Caride ha existido esta oscilación entre fotografía y pintura en un viaje de ida y vuelta. En todo caso, la pintura se enriquece con la fotografía y viceversa

Lo bello y lo siniestro

Bosco Caride busca la belleza plástica. Es un esteta que trabaja y cuida la forma, pero además intuimos que en él hay una idea de Belleza como absoluto, el arte como el lugar de la utopía. Y, sin embargo, al mismo tiempo y de una manera paralela, existe una dimensión inquietante que asoma por el reverso del cuadro. Y no podía ser de otra manera, la belleza y lo siniestro se funden en una suerte de intercambio, porque la condición de la belleza -por lo menos la belleza moderna- es oscuridad. Aquello del arte que nos atrae como un deseo o nos hipnotiza como la mirada de una serpiente -decían los románticos- es el conflicto, la tensión entrevistos tras la cortina o intuido tras una puerta cerrada... y que nunca podrán ser revelados, pues si se desvelara el secreto, la obra de arte se destruiría, tan solo quedaría el horror. Así, también las ricas veladuras y transparencias de Bosco Caride dejan presentir una dimensión siniestra a la que nunca se nombra explícitamente, pero que está -se presiente- ahí.

Indicios y el silencio

Bosco Caride ha manifestado la existencia de una intencionalidad política en “INDICIOS”. Hay algo más que una especulación formal de veladuras y matices. La columna de humo, ¿es a causa de una bomba? ¿Se trata de una agresión? ¿Son gases contaminantes? La apariencia de una imagen bella, en un juego de ambigüedades, entre lo dicho y no dicho, oculta un drama para quien lo sepa leer.

En la exposición presenta paralelamente -a modo de complemento- una serie que es especialmente significativa: unos papeles también de nubes o estados gaseosos, pero, en este caso, perforados por los múltiples disparos de una carabina. Es la expresión de un malestar que habita la belleza de las nubes de Bosco Caride.

Y, sin embargo, intuimos, que esta reflexión crítica está presente en toda la trayectoria del artista. En la mencionada serie “Recuerdos de mi ciudad” (2006) Bosco Caride utiliza un lenguaje publicitario de manera que resultan imágenes muy potentes de entornos urbanos con una iconografía pop. Para él, y lo ha manifestado en diversas ocasiones, esta serie denuncia la estandarización de la vida cotidiana en los tiempos modernos: se trata de imágenes intercambiables y sin personalidad, idénticas en cualquier ciudad. No importa si es Vigo, Barcelona o Londres. Se trata del mismo cliché, la misma pobreza

En una sociedad saturada de ruido, acaso la protesta silenciosa de Bosco Caride sea la única manera de enfrentarse al sinsentido y la desazón de las cosas.





  • Victoria Cirlot. Imágenes negativas: las nubes en la tradición mística y la modernidad. Mundana Ediciones. 2017
  • Richard Hamblyn. The Invention of Clouds: How an Amateur Meteorologist Forged the Language of the Skies. Picador. 2001
  • Gavin Pretor Pinney: Guía del observador de nubes. Salamandra. 2007
  • Robert Rosenblum. La pintura moderna y la tradición del romanticismo nórdico. Alianza Editorial. 1993